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Visión general de India

La India, el mítico Indostán que sedujo a Marco Polo, a Kipling o a George Harrison, no ha perdido un ápice de su poder de fascinación para todo viajero.
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La India, el mítico Indostán que sedujo a Marco Polo, a Kipling o a George Harrison, no ha perdido un ápice de su poder de fascinación para todo viajero.

Y ello a pesar de que en sus campos los tractores sustituyan paulatinamente al arado de bueyes y en las ciudades haya cibercafés y, desde hace algo más de un lustro, se exhiban carteles de Coca Cola.

Porque la India milenaria, la de los sadhus y gurus, los templos medievales y las mezquitas de los mogoles, la tierra del yoga y la renuncia, de los orgullosos sikhs y los parias pedigüeños y de la cobra que danza en un cesto de mimbre, todavía existe en cuanto uno se zambulle en un recorrido de aldeas perdidas o, sin duda, entre los callejones de las ciudades más dudosos y menos recomendables para los grupos de turistas.

taj majal

De todos los países del mundo, la India es el único que muestra en sus calles tradiciones vivas cuyo origen se remonta a miles de años y no sólo a seis o siete siglos, como sucede –y gracias- en la Europa más antigua.

A la mística de unas religiones que impregnan toda manifestación vital –y cuyos dioses son contemporáneos del panteón heleno- se unen inmensas posibilidades de puro disfrute para un viajero curioso: se puede recorrer el desierto en camello, coger olas en las playas del sur, hacer trekking por el Himalaya, visitar templos, pagodas y mezquitas con cientos de años de antigüedad, recibir cursos de yoga, budismo, hinduísmo o de sitar, deleitarse con una gastronomía sensual y deliciosa.

India es el país favorito de los grandes viajeros y el más nombrado en las encuestas llevadas a cabo en las webs dedicadas al intercambio de experiencias de trotamundos. Porque, además de todos sus ingredientes, cuenta con suficientes medios para cocinarlos a la vista del viajero: una estupenda y eficaz red ferroviaria que os pone casi en cualquier punto del país, unos autobuses que parten continuamente y llegan hasta donde no lo hacen los trenes, unos aviones a precios razonables que nos llevan de la nieve a una playa tropical en menos de tres horas y una desbordante oferta hotelera y de restaurantes que se ajusta a todos los bolsillos.

Yo he estado en la India en seis ocasiones, pero la India ha estado en mí permanentemente desde la primera vez que puse el pie en esa tierra sagrada, porque una vez que se han franqueado sus umbrales, ella ya no te abandona y, además, te reclama de tiempo en tiempo para que vuelvas a conocer la última playa de moda y con fiestas tecno en Karnataka, un templo que se te pasó en tu último viaje, una isla recién abierta al turismo o un parque natural donde vaga el tigre de Bengala.

La India es la tierra de donde venían muchos de nuestros sueños de infancia: Sandokán, Kim, Mowgli, los lanceros bengalíes… Entra en ella sin miedo y sin vértigo y déjate llevar por ese microcosmos mecido por el sitar de maestros como Ravi Shankar o por las bandas sonoras de las películas de buenos y malos que suenan en los bazares. Y todo este chutney de sensaciones, aderezado con olores a curry, a boñiga de vaca sagrada y al sándalo más elegante.

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