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San Luis Potosí… un destino obligatorio en Semana Santa

Se escuchan las campanadas que marcan las ocho de la noche del Viernes Santo. Del Teatro de La Paz en San Luis Potosí sale un contingente de más o menos dos mil personas
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Se escuchan las campanadas que marcan las ocho de la noche del Viernes Santo. Del Teatro de La Paz en San Luis Potosí sale un contingente de más o menos dos mil personas que aprovechan la forma en la que se construyó la ciudad para hacer un recorrido por sus calles. O quizás, sin entenderlo, sólo pretenden ser parte de una de las manifestaciones culturales (y religiosas) más extrañas pero asombrosas del México actual.

San Luis Potosí es considerada la última urbe feudal, ya que el trazo propio de la ciudad corresponde a los que los urbanistas llaman de tipo procesional, lo que quiere decir que al planearla pensaron en realizar una ruta que conectara la catedral central con algunos otros edificios importantes, como capillas o monasterios, para que las procesiones fueran lo más “adecuadas” para el pueblo y para “honrar a Dios”.

Cuando el reloj de la catedral marca las ocho y media, en las calles del centro de San Luis se puede contemplar un desfile de encapuchados cargando velas e incensarios, precedidos por un grupo de pretorianos que los escoltan por un recorrido que dura cerca de dos horas.

Ellos representan a cada una de las 21 cofradías religiosas que hay en la ciudad que, con el pretexto de conmemorar el Vía Crucis que precedió la muerte de Jesús, recorren las calles en silencio espectral, del que toda la ciudad participa.

Cualquier despistado podría pensar en las tres K al ver el humo y la marcha acompañada del redoble de un tambor, pero en realidad se trata de un rito de penitencia que “Tiene que ser secreto y anónimo”, como explica una mujer potosina que mira desde la banqueta y susurra: “Cada uno de ellos sabe lo que ha hecho mal en su vida y está aquí para recibir perdón”. La fiesta es discreta y de admirar. Por las calles de San Luis Potosí se puede sentir el aire festivo pero respetuoso de tradición; de un pueblo que sabe lo que festeja y cree en ello.

A diferencia del Vía crucis de Texcoco, la procesión del silencio no implica que el penitente se lastime. No hay flagelación ni lamentos de ningún tipo. Simplemente se trata de “Un momento para reflexionar y para estar con Dios”, le explica un hombre a su nieta, a lo que le pregunta sin quitar la vista de los que caminan en las calles, “Tú ya lo has hecho, abuelito?” para contestar riéndose bajito “no hija, yo soy muy bueno”.

La Virgen de la Soledad es la honrada esta noche. Detrás de los romanos y antes de los cofrades, la escultura del arquitecto Manuel Tolsá presume sus aires barrocos y sus ropas de olanes con rayos de luz, que se mueve sobre una plataforma cargada por cuatro hombres, para que la reina no se canse.

Esta tradición fue retomada por el torero Fermín Rivera Padre, para encomendarse a la Virgen de la Soledad y que, en la corrida del día siguiente, le acompañara. Desde entonces es también cita obligada para los toreros de todo el país, participen o no en la fiesta taurina del día siguiente. Así que, con un poco de suerte, podría un buen taurómaco, encontrarse con Manolo Mejía, y con un poco más, hasta con el Juli, el mejor torero español…

Por Ernesto de la Cueva

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